¿Por qué voy en carro?

La respuesta más obvia y cruda es porque puedo y quiero, tal cual. En Quito, de la encuesta del Metro en el 2011, se puede inferir que el principal motivo de viaje en auto privado es para ir al trabajo.  Algo curioso es que en el tiempo que las personas están dentro del auto, lo transforman en un espacio personal -personalizado más bien-, como si fuese una extensión del dormitorio o la sala. Y así metidos en ese espacio personal se abstraen del mundo exterior, como lo describe Carlosfelipe Pardo en su blog. Regresando a los motivos por los que la gente usa el auto cotidianamente, lo pueden hacer porque sus recursos económicos o los de su familia se lo permiten, y también porque hay ciertos códigos sociales y voluntades de consumo creadas.

Hay muchas historias detrás del uso del auto privado. La de madres (unos pocos padres) que deben llevar a sus hijos a la escuela, hacer las compras cotidianas y atender las labores del hogar, personas que cruzan la ciudad entera o los valles porque es el único trabajo que pueden conseguir, por estudios universitarios y algunas más. Pero todas estas historias se conectan, porque tienen los recursos económicos suficientes para hacerlo, es decir, pueden pagar los costos por: gasolina, peajes, mantenimiento, matrícula, licencias de conducir y parqueaderos. Que por cierto, no cubren el costo de todas las externalidades negativas derivadas de estos viajes; algunos son: ambientales, por accidentes de tránsito, subisidio a la gasolina, mantenimiento de infraestructura, y más. En otras palabras la sociedad SUBSIDIA a los autohabientes. Pero a primera vista puede parecer que si se encarece el costo generalizado de moverse en auto, la gente dejará de hacerlo. En realidad, si hay disminuciones, pero cierta evidencia indica que la gente simplemente hace menos viajes, especialmente, de placer u ocio fuera de horas pico.  Por otra parte ciertos estudios indican que el elemento disuasivo más efectivo para dejar el auto en casa, es el tiempo de viaje. Es decir si a pie, en bicicleta o transporte público es menor el tiempo de viaje hay más posibilidades que la gente cambie de modo.

Así también, hay motivaciones emocionales que llevan a pensar que tener auto proporciona cierto status, en el siglo XXI sigue siendo cierto . Prueba de ello es el tradicional círculo vicioso de trabajas-te enduedas-compras auto-trabajas y así hasta tener el mejor modelo que puedas pagar. Las redes sociales pueden ser un excelente monitor de esta realidad, muchos se toman fotos con sus autos, en todo tipo de situaciones y algunos otros postean como foto de portada el vehículo de sus sueños. Existe un programa inglés llamado “Top Gear”, en el cual se prueban autos de todo tipo y generan un culto a este, del cual las multinacionales dueñas de las marcas se regocijan. Pero un ejemplo criollo de esto es el masaje dominguero que muchos hombres (unas pocas mujeres) dan a sus vehículos, con baño de espuma y almoral (en inglés armor all) incluido. Esta glorificación al auto nos ha hecho creer que este es un elemento indispensable e importante en nuestras vidas cotidianas. Incluso, gente que no tiene auto ve con malos ojos las medidas restrictivas al uso cotidiano de este. Y desde esta perspectiva se ha planificado el destino de la mayoría de ciudades, buscando una “modernidad” que resultó ilusoria.

Con todo esto no quiero decir que no se deba hacer nada frente a la congestión o a los problemas que conlleva usar el auto. Pero, la congestión como tal, es solo la punta visible del problema subyacente; contaminación del aire y auditiva, uso del espacio público y tiempo de retraso para usuarios de transporte público, son asuntos que hay que solucionarlos urgentemente. Por ello, las estrategias contemporáneas de la planificación urbana, deben estar enfocadas en reducir las brechas de presupuesto entre las “inversiones” para usuarios de vehículos privados y la mayoría de gente que ni siquiera posee uno. Después, repartir el espacio de forma justa, haciendo que calles barriales que sirven de paso o atajo para autohabientes se conviertan en zonas seguras con espacios deportivos, facilidades para la bici o infraestructura que reconstruya tejido social. Por otra parte, trabajar en la cabeza de la gente (formar un nuevo criterio), para que la admiración y consideración que le tenemos al auto termine. Como dice Ramiro Diez con algo de enojo: “Quienes deben dormir en la calle son los autos, no los niños”.

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